¿Se ha preguntado usted por qué el pan envasado puede durar muchos días sin que le aparezcan hongos o por qué la leche en caja –antes de abrir por primera vez- dura tanto sin necesidad de refrigerar?
Esto se obtiene gracias a los denominados aditivos alimentarios.
Son sustancias que la industria ha incorporado para conservar la consistencia de los productos, mejorar o mantener el valor nutritivo, conservar el alimento sano y con sabor agradable, prevenir la fermentación o controlar la acidez, y para mejorar el sabor y dar el color deseado a los productos.
La inclusión de aditivos en los alimentos debe ser autorizada por el Ministerio de Salud, que es la autoridad encargada por la ley para determinar qué aditivos, en qué concentración y con qué restricciones pueden usarse.
Eso se publica en el Reglamento Sanitario de los Alimentos y debe ser informado su uso en la respectiva etiqueta o rotulación de los productos.
A continuación le explicamos algunos de ellos:
En Chile el colorante rojo llamado Eritrosina está autorizado sólo para colorear las guindas marrasquino o en conserva y en cócteles de fruta.
Los colorantes amarillos o Tartrazina y el Crepúsculo u Ocaso, se usan para dar color a bebidas, polvos para postres, dulces, helados, flanes y otros alimentos. Pueden provocar cuadros alérgicos en personas sensibles.
Está autorizado en nuestro país, con una Ingesta Diaria Admisible de 5 mg/kg de peso corporal.
Es un edulcorante que reemplaza al azúcar. Los enfermos de fenilcetonuria no lo toleran y necesitan controlar el consumo de este aminoácido consumiendo carnes, granos y otros productos que la contienen de manera natural.
Su presencia debe estar destacada en el rotulado, con la advertencia correspondiente. La ingesta diaria admitida es de 40 mg/Kg de peso corporal.
Son usados preferentemente para preservar el color de frutas y vegetales secos y para inhibir el desarrollo de microorganismos en alimentos fermentados como el vino.
También se utilizan en productos horneados, condimentos, bocadillos y otros productos.
Se usan como conservantes por su alto poder antimicrobiano y antimicótico. Pese a su baja toxicidad su exceso puede producir urticaria, asma y rinitis. En nuestro país está autorizado por el Reglamento Sanitarios de Alimentos con un límite de 1 mg/kg del producto.