- Violeta ¿qué te pasó? Estás coja... ayer cuando nos despedimos todavía eras una persona ágil y grácil…
- Es que entré a un gimnasio…
- Parece que entendiste la lección al revés. No me digas que quedaste así después de tu primera clase de aeróbic.
- Ayer, a la hora de almuerzo, partí feliz con mi equipo y me metí a una sala que debe haber sido para avanzados porque no pararon. Al rato empecé a sentir un tironcito que cada vez me dolía más… y hoy tú me ves.
- Pero amiga ¿cómo llegas y te metes a una clase sin preguntar?
- ¿Qué quieres? ¿Que les cuente mi vida? Si no es consulta sicológica.
- No pero el cuerpo merece ciertas consideraciones. ¡Mírate! El resultado está a la vista. ¿Por qué no hiciste lo que hice yo? Recorrí los gimnasios y escogí uno donde el primer día me hicieron una evaluación.
- ¿Y en qué consiste?
- Te miden, te pesan, te hacen una ficha para ver si has tenido algún problema de salud y según eso te sugieren un programa colectivo o individual, de acuerdo a tus intereses y posibilidades.
- No tenía idea. Yo creí que era pagar y empezar a bajar estos kilos que me tienen desesperada. Además, seguro que eso que tú describes tiene otro precio.
- Lo que no tiene precio es que tú no preguntes cuando contratas un gimnasio. Hay muchos, y te aseguro que si uno empieza a exigir, tendrán que ponerse las pilas. Dependen de nosotras. Si tú no pides, no ganas. Tu responsabilidad con tu cuerpo y como consumidora es exigir y elegir.
- Está bien, pero mejor ayúdame a sacarme este tirón espantoso, aaamiiiiiga.